La sola mención del término ‘canibalismo’ parece retrotraernos al pasado, a una época de salvajismo donde imperaba el instinto y la superstición. Sin embargo, nuestro lenguaje está plagado de expresiones alusivas al mismo.

Así, cuando alguien nos parece muy atractivo, decimos que ‘está para comérselo’, y si nos imponemos a un adversario fácilmente, a menudo afirmamos que ‘nos lo hemos comido con patatas’.

Ahora bien, ¿desde cuándo se realiza esta práctica? El banquete caníbal más antiguo conocido tuvo lugar hace 800.000 años, en Atapuerca (Burgos). En 1994, un equipo de investigadores liderado por el paleontólogo Juan Luis Arsuaga y el biólogo José María Bermúdez de Castro descubrió que los Homo antecessor que entonces se refugiaban en la cueva de la Gran Dolina seguían una peculiar dieta. Junto a restos de animales, encontraron los huesos de varios individuos jóvenes que presentaban unas marcas hechas con utensilios de piedra. Estas daban a entender que habían sido descarnados, la prueba de un acto de antropofagia.

Está claro que el hambre puede explicar el canibalismo, pero este no solo se da como consecuencia de una necesidad fisiológica. Cuando el 8 de noviembre de 1519 el conquistador Hernán Cortés y sus hombres entraron en Tenochtitlán, la capital del Imperio azteca, fueron testigos de cruentos sacrificios humanos que culminaban con una ceremonia antropofágica. En su Historia general de las cosas de Nueva España, el franciscano Bernardino de Sahagún describe cómo tras haber arrancado el corazón a la víctima, el cuerpo era desmembrado a fin de comerlo en una ceremonia. Según esta crónica, los brazos y piernas se cocinaban con pimientos, tomates y flores de calabaza.

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La tercera variante del canibalismo, la más repudiada, no está motivada por una necesidad alimenticia ni se relaciona con un patrón cultural. Algunos estudiosos la denominan canibalismo sexual, criminal o patológico.

Uno de los casos más representativos se dio en Rotemburgo (Alemania) en 2001. En la noche del 9 al 10 de marzo, Armin Meiwes asesinó y devoró en parte a Bernd Jürgen Brandes, un hombre al que había conocido a través de un chat de internet. Tras descuartizar a Brandes, Meiwes congeló algunos trozos para ir dando cuenta de ellos en días posteriores. Los psiquiatras forenses dictaminaron que padecía graves trastornos mentales y actuó movido por impulsos sexuales. Fue sentenciado a cadena perpetua.


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